La narrativa cinéfila de Manuel Puig

Entre sus libros encontramos títulos que a buen seguro sonarán al lector más exquisito y empedernido, como por ejemplo “La traición de Rita Hayworth”, “Pubis angelical” o “Boquitas pintadas”. Y es que Manuel Puig tenía la habilidad de escribir y de contar historias con un sello más que personal.

Su narrativa estaba bañada por un toque fílmico, por una pretensión cinematográfica. Leer a Manuel Puig, escritor argentino que falleció en el año 1990, era como ver una película en esa pantalla que no es grande, sino de papel y con tinta impresa. En sus novelas se entrelazaban elementos propios del cine, de la literatura y del imaginario de la cultura popular latinoamericana.

El lenguaje que empleaba era desenfadado, a veces coloquial; su irrupción en el panorama literario argentino supuso una bocanada de aire fresco. Todos los lectores entendían el discurso de Puig merced a una sencillez léxica que le valía como artimaña para colar, de forma más suave y digerible, discursos más que complejos.

Pero entre las obras del autor tal vez destaca una sobre el resto. Nos estamos refiriendo a “El beso de la mujer araña”. El lenguaje cinematográfico vuelve a ser la firma de Manuel Puig en sus páginas. Las paredes de una cárcel asisten en esta novela al entendimiento y la amistad que se va forjando entre un preso político, subversivo, rebelde y revolucionario –Valentín- y otro preso encerrado por su homosexualidad –Molina-.

Los diálogos entre ambos personajes son por lo general excelsos. Es una novela con ramalazos teatrales –está contada únicamente por los testimonios en primera persona de los dos protagonistas- y con un motor cinematográfico en lo que al ritmo se refiere. La represión que ambos sufren y la falta de libertad y de amor en la cárcel quedan suplidas por las historias de películas con las que el tierno y entrañable Molina entretiene al noble y justiciero Valentín.